Y la culpa no era mía

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Según un informe publicado recientemente por el Observatorio Contra el Acoso de Chile (OCAC), más del 96% de las mujeres encuestadas ha sufrido algún tipo de acoso sexual en su vida. Es decir, todas. Lo "normal" es que lo suframos no una vez sino varias, en distintos contextos (en la calle, en el trabajo, en la academia...) y frecuentemente desde niñas. Estamos tan acostumbradas que muchas veces ni somos conscientes de estar sufriendo violencia sexual (entre el 31,7% y el 53.1% de las veces según el contexto). Les animo a trascender las cifras e imaginar cómo nuestras libertades, decisiones y posibilidades se ven limitadas día a día por esta realidad.

La complejidad propia de las sociedades humanas exige quizás un análisis exhaustivo y profundo de multitud de variables para comprender el problema, pero a riesgo de parecer simple o reduccionista, permítanme compartir aquí un análisis en términos puramente conductuales. No me voy a referir a nada teórico, solo a la forma en la que los animales en general y las personas en particular, modificamos nuestro comportamiento para adecuarlo a nuestros ambientes. Es un principio bien simple y conocido por todos: las conductas seguidas de consecuencias satisfactorias tienden a repetirse; las que van seguidas de consecuencias insatisfactorias tienden a no repetirse. Quién no ha metido los dedos en un enchufe cuando niño una vez y no más; quién no se pasaba a saludar sonriente a aquella vecina que siempre llevaba un dulce en el bolsillo.

He aquí entonces una forma obvia y simple de ir terminando con esta pandemia: las conductas de acoso deben ser sistemáticamente reprobadas por todos/as; las denuncias de acoso deben dejar de ser sistemáticamente castigadas con el juicio público a las víctimas. Demasiadas denuncias (la mayoría) no prosperan y el acoso no es delito. Por tanto, en el mejor de los casos, todo acaba con una reprimenda o un cese momentáneo. Nosotras seguimos caminando con miedo, angustiadas porque un profesor nos cita a su despacho a solas y evitando al jefe. Mientras, los acosadores se saben impunes y una cantidad no pequeña de personas simplemente se quedan calladas en un silencio cómplice que trata de minimizar las consecuencias desagradables para sí mismas. Estas últimas deben saber que su silencio sí tiene consecuencias, para otras, para todas. Debemos dejar atrás aquello de que la culpa no es mía, yo no hice nada, porque no hacer nada precisamente es parte de problema.-

Dra. Rocio Angulo
Académica y Directora (I) del Instituto de Ciencias Sociales
Universidad de O´Higgins